domingo, 20 de noviembre de 2016

Transgénicos, la amenaza fantasma

Para un entusiasta de la alimentación natural, la gran amenaza mundial consiste en los transgénicos. Estos alimentos nuevos conjugan todos los males esperables: los producen grandes multinacionales, contaminan el medio ambiente, atacan a la biodiversidad y su consumo es perjudicial para la salud humana. La voz cantante del activismo antitransgénico la lleva la organización Greenpeace. Originalmente esta organización multinacional estaba interesada en la conservación de especies en peligro de extinción y en cerrar las centrales nucleares, pero en 1997, tras la publicación de la encíclica (perdón, manifiesto) The End of the World as we Know It, redirigió su estrategia hacia los transgénicos. Periódicamente edita un folleto apocalíptico llamado Guía roja y verde de alimentos transgénicos en el cual —basándose en unos análisis que hacen ellos mismos— invitan al boicot a todos los productores o supermercados que utilicen transgénicos en la elaboración de sus productos. Otras organizaciones ecologistas, como Amigos de la Tierra o Ecologistas en acción, se dedican a copiar y pegar la información que va sacando Greenpeace, mostrando escasa iniciativa propia. Pero, ¿hasta que punto es creíble esta información? ¿Existe verdaderamente una conspiración a escala planetaria que pretende envenenarnos con los transgénicos? ¿Nos va a salvar Greenpeace de la debacle final? Contestar a esta pregunta requiere, como mínimo, un capítulo de este libro. El miedo al DDT El origen del movimiento ecologista moderno no tiene que ver con la reciente fiebre antitransgénicos ni con la deforestación del Amazonas ni con el calentamiento global o el agujero de la capa de ozono. Es un poco más antiguo. En 1962, una menuda bióloga estadounidense, de apariencia frágil, Rachel Carson, escribió el libro Primavera silenciosa para denunciar los peligros del DDT. Éste es un insecticida cuya fórmula había sido secreta durante años, puesto que fue una de las bazas que utilizó el ejército estadounidense en la guerra del Pacífico, donde los insectos causaban más bajas que las balas japonesas. Una vez caducada la patente, el DDT se utilizó de forma exhaustiva para combatir la malaria u otras enfermedades causadas por insectos en países tropicales. Desde las páginas de Primavera silenciosa se alertaba de los peligros para el medio ambiente y la salud humana que se avecinaban si no imperaba la cordura y se prohibía esta letal molécula. En este primer libro ya aparecen todos los defectos que ha arrastrado el movimiento ecologista durante sus casi 50 años de existencia: escaso rigor científico en sus planteamientos, alarmismo injustificado y ofrecimiento de unas alternativas que tienen unas consecuencias peores que los presuntos males que se querían evitar. Primavera silenciosa no es una publicación científica que presente datos objetivos y los analice seriamente; de hecho

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