domingo, 20 de noviembre de 2016

El miedo al ddt 2

Finalmente, la solución propuesta (prohibición del DDT) no valora si las consecuencias podrían ser peores que el problema en sí, como efectivamente sucedió. La realidad es que el DDT es de los pocos insecticidas que existen en el mercado cuya toxicidad es específica para insectos, es barato y no tiene unos requerimientos de conservación y aplicación especiales, lo que lo hace idóneo para su utilización en países en vías de desarrollo. El DDT no es tóxico para los seres humanos. Bruce Ames, uno de los padres de la toxicología moderna, indignado por la prohibición, empezaba todas sus clases ingiriendo un miligramo de DDT. Se han realizado otros estudios más exhaustivos sobre su toxicidad, incluyendo uno en que los voluntarios ingirieron 35 mg de forma diaria durante dos años, sin que apareciera ningún tipo de problema para la salud.


 En este video se puede apreciar una verdadera batalla por el tema que estamos tratando aquí. Realmente no se debe agregar más y hay que ver el video ,yo no tengo ningún problema en que esto sea mostrado, finalmente es lo único que debemos perder de vista en el instante donde no sea necesario nada más que el ddt y esto.

 A día de hoy, no hay ningún caso registrado de muerte por ingestión de DDT. No obstante, el impacto del libro de Rachel Carson fue tal que muchos países empezaron a legislar en contra del DDT hasta que fue completamente prohibido. El movimiento ecologista es un poco como esa señora a la que le dan mucha pena los gatitos que hay por la calle, y todas las noches les saca un poco de leche y comida, que sitúa estratégicamente en la acera de enfrente para que los gatitos ensucien el portal del vecino y no el suyo. Las leyes anti-DDT se aprobaron cuando la malaria, enfermedad transmitida por mosquitos, ya se había erradicado del sur de Europa y de Estados Unidos. Por tanto, a nadie le importó demasiado que la malaria todavía fuera endémica en África y en el sur de Asia. A partir de la prohibición del DDT, la incidencia de la enfermedad aumentó exponencialmente. Los efectos prácticos de Primavera silenciosa son 50 millones de muertos por culpa de la malaria, la mayoría niños menores de cinco años y en el África subsahariana. Pero eso sí: han muerto por una causa ecológica. Lástima que nadie les haya dejado elegir. Por suerte, después de muchas muertes que podían haberse evitado, desde 2004 se ha vuelto a autorizar el uso del DDT en países con gran incidencia de malaria. Por cierto, el profesor Ames cumplió 82 años el 16 de diciembre de 2010, y en esa fecha continuaba trabajando en su laboratorio de Oakland, California. Pero volvamos a los transgénicos.

El miedo al DDT

El miedo al DDT El origen del movimiento ecologista moderno no tiene que ver con la reciente fiebre antitransgénicos ni con la deforestación del Amazonas ni con el calentamiento global o el agujero de la capa de ozono. Es un poco más antiguo. En 1962, una menuda bióloga estadounidense, de apariencia frágil, Rachel Carson, escribió el libro Primavera silenciosa para denunciar los peligros del DDT. Éste es un insecticida cuya fórmula había sido secreta durante años, puesto que fue una de las bazas que utilizó el ejército estadounidense en la guerra del Pacífico, donde los insectos causaban más bajas que las balas japonesas. Una vez caducada la patente, el DDT se utilizó de forma exhaustiva para combatir la malaria u otras enfermedades causadas por insectos en países tropicales. Desde las páginas de Primavera silenciosa se alertaba de los peligros para el medio ambiente y la salud humana que se avecinaban si no imperaba la cordura y se prohibía esta letal molécula. En este primer libro ya aparecen todos los defectos que ha arrastrado el movimiento ecologista durante sus casi 50 años de existencia: escaso rigor científico en sus planteamientos, alarmismo injustificado y ofrecimiento de unas alternativas que tienen unas consecuencias peores que los presuntos males que se querían evitar. Primavera silenciosa no es una publicación científica que presente datos objetivos y los analice seriamente; de hecho nunca se sometió a la revisión por expertos obligatoria en cualquier publicación científica, sino que trata de contactar emocionalmente con el lector asustándolo. Se pasa por alto que las afirmaciones se apoyan en unos datos de escasa calidad.

Transgénicos, la amenaza fantasma

Para un entusiasta de la alimentación natural, la gran amenaza mundial consiste en los transgénicos. Estos alimentos nuevos conjugan todos los males esperables: los producen grandes multinacionales, contaminan el medio ambiente, atacan a la biodiversidad y su consumo es perjudicial para la salud humana. La voz cantante del activismo antitransgénico la lleva la organización Greenpeace. Originalmente esta organización multinacional estaba interesada en la conservación de especies en peligro de extinción y en cerrar las centrales nucleares, pero en 1997, tras la publicación de la encíclica (perdón, manifiesto) The End of the World as we Know It, redirigió su estrategia hacia los transgénicos. Periódicamente edita un folleto apocalíptico llamado Guía roja y verde de alimentos transgénicos en el cual —basándose en unos análisis que hacen ellos mismos— invitan al boicot a todos los productores o supermercados que utilicen transgénicos en la elaboración de sus productos. Otras organizaciones ecologistas, como Amigos de la Tierra o Ecologistas en acción, se dedican a copiar y pegar la información que va sacando Greenpeace, mostrando escasa iniciativa propia. Pero, ¿hasta que punto es creíble esta información? ¿Existe verdaderamente una conspiración a escala planetaria que pretende envenenarnos con los transgénicos? ¿Nos va a salvar Greenpeace de la debacle final? Contestar a esta pregunta requiere, como mínimo, un capítulo de este libro. El miedo al DDT El origen del movimiento ecologista moderno no tiene que ver con la reciente fiebre antitransgénicos ni con la deforestación del Amazonas ni con el calentamiento global o el agujero de la capa de ozono. Es un poco más antiguo. En 1962, una menuda bióloga estadounidense, de apariencia frágil, Rachel Carson, escribió el libro Primavera silenciosa para denunciar los peligros del DDT. Éste es un insecticida cuya fórmula había sido secreta durante años, puesto que fue una de las bazas que utilizó el ejército estadounidense en la guerra del Pacífico, donde los insectos causaban más bajas que las balas japonesas. Una vez caducada la patente, el DDT se utilizó de forma exhaustiva para combatir la malaria u otras enfermedades causadas por insectos en países tropicales. Desde las páginas de Primavera silenciosa se alertaba de los peligros para el medio ambiente y la salud humana que se avecinaban si no imperaba la cordura y se prohibía esta letal molécula. En este primer libro ya aparecen todos los defectos que ha arrastrado el movimiento ecologista durante sus casi 50 años de existencia: escaso rigor científico en sus planteamientos, alarmismo injustificado y ofrecimiento de unas alternativas que tienen unas consecuencias peores que los presuntos males que se querían evitar. Primavera silenciosa no es una publicación científica que presente datos objetivos y los analice seriamente; de hecho

¿Qué pasó con los móviles, o antes con los televisores?

¿Qué pasó con los móviles, o antes con los televisores? Pasaron de ser artículos de lujo a bienes de uso común gracias a que se optimizaron los métodos de producción y cada avance suponía una mejora (luego un abaratamiento) respecto al proceso anterior. ¿Por qué debemos renunciar al desarrollo tecnológico en algo tan importante como la agricultura? Las técnicas de agricultura ecológica no responden a ningún criterio científico, no suponen una mejora para la comunidad y de momento solo las sigue una pequeña parte de la sociedad. La agricultura ecológica es muy poco productiva y por eso es más cara. Una política proteccionista a favor de la agricultura ecológica supone beneficiar a unos pocos, normalmente de los estratos de mayor nivel económico, a costa del beneficio de muchos. A pesar de esto, la producción ecológica está fuertemente subvencionada en países de la UE como Austria o Alemania (y eso que mucha es importada). En nuestro país, los productores ecológicos están demandando un aumento de las numerosas subvenciones existentes. Muchas administraciones locales y autonómicas ya cuentan con canales específicos de subvención para los cultivos ecológicos. Destaca especialmente la Junta de Andalucía, donde existe una dirección general de agricultura ecológica (con el gasto de personal y administrativo que conlleva, sin contar las subvenciones que concede). Una de las misiones de esta dirección general es fomentar el consumo de productos de agricultura ecológica en organismos públicos como hospitales o escuelas. Mejor sería gastar ese dinero en mejorar los servicios de esos hospitales y esas escuelas. Los productos ecológicos son más caros, pero no son mejores. En la Unión Europea el panorama es mucho más desolador, y en ocasiones se roza el esperpento. Vaya como ejemplo una anécdota. Para tratar de unificar la disparidad de logotipos de certificación ecológica entre las diferentes autoridades, la Unión Europea acordó en el reglamento 834/2007 la obligatoriedad de que a partir del 1 de enero de 2009 todos los productos debían llevar un logotipo unificado. Para este fin se nombró una comisión. Durante dos años la comisión se estuvo reuniendo, con el consiguiente gasto para el contribuyente en viajes, dietas y sueldos. Finalmente el logotipo fue presentado… y retirado a los pocos días puesto que coincidía con el logotipo que la multinacional alemana Aldi utiliza para sus productos ecológicos. Tras una paralización se acordó (más sueldos, más viajes, más dietas) hacer tres propuestas, muy feas por cierto, que se pudieron votar entre diciembre de 2009 y enero de 2010. Este logo entró en vigor en julio de 2010. Por tanto, la alimentación presuntamente natural no es más que un capricho de gente que se puede permitir pagar más por llenar la cesta de la compra. Si el sueldo no te permite frecuentar la tienda de alimentación ecológica, no sufras. La alimentación ecológica no es más sana, ni es mejor para el medio ambiente ni está más buena. Solo es más pija.

¿Si no consumo productos ecológicos, no me cuesta dinero?

¿Si no consumo productos ecológicos, no me cuesta dinero? Desgraciadamente, no. La producción ecológica nos cuesta dinero a todos, aunque no queramos. Si puedes permitirte tener un huerto y quieres cultivarlo siguiendo las normas de la agricultura ecológica me parece perfecto, como si quieres plantar las zanahorias dibujando la torre Eiffel, o pintar en todas las hojas de las tomateras una Hello Kitty. Es tu huerto y haces lo que te da la gana. Si tienes el tiempo y el dinero (dos bienes desgraciadamente escasos) para cuidar un huerto, podrás permitirte comer tomates más sabrosos porque los cogerás cuando estén maduros, aunque, si sigues con rigor las normas ecológicas, un año tendrás tomates y dos o tres no, porque se los habrá comido algún bicho. El problema es cuando esas prácticas son subvencionadas con dinero de nuestros impuestos. Una buena política alimentaria a nivel global debe garantizar la mayor producción de alimentos al menor costo. Con las cosas de comer no se juega, pues hay gente muriéndose de hambre. También hay gente que, aunque tiene las necesidades nutricionales mínimas cubiertas, no puede permitirse un encarecimiento en la cesta de la compra, y más en estos tiempos de crisis. La ciencia y la tecnología son las herramientas naturales para conseguir que un bien deje de ser el privilegio de unos pocos y pueda ser aprovechado por la mayoría de la sociedad.

¿Los productos ecológicos están más buenos?

¿Los productos ecológicos están más buenos? La percepción del sabor es algo muy subjetivo, por lo que aportar algo sobre este tema tiene su dificultad. Cada uno tiene su gusto. No obstante, es recurrente decir que antes la fruta estaba más buena que ahora. No olvides que con la edad, además de vista y oído también pierdes gusto, por lo que los sabores de la niñez siempre serán más intensos en el recuerdo que los actuales. De todas formas, sí es verdad que cada vez cuesta más encontrar tomates realmente buenos, porque los del supermercado no saben a nada. Esto se debe a lo lejos que vivas del lugar de producción. Si tienes la suerte de vivir cerca de un lugar de producción, los tomates los recolectan muy cerca del punto de maduración y estarán de cine. Si vives lejos, tienen que aguantar el transporte. Si los recogen maduros se pudrirán por el camino, por lo que los recogen verdes y los maduran en el camión. Una práctica que hace que no sepan a nada, pero que permite a mucha gente comer tomates. Por tanto, por mucho que te insistan, el sabor del tomate no depende de que sea ecológico o no sino de cómo se ha recolectado. No olvides que desde el último cambio en el reglamento, la maduración en cámara se admite como práctica ecológica. En general, cuando se han hecho ensayos de cata entre productos ecológicos y convencionales, los resultados han sido que el catador es incapaz de distinguir entre unos y otros. El ultimo ensayo publicado a este aspecto se hizo comparando pollos de producción ecológica con otros de producción convencional.

carne primero

La presencia de carne de producción ecológica es de momento meramente testimonial en las tiendas de alimentación, pero se puede conseguir en tiendas especializadas o por encargo. Hay dos factores que juegan en contra. Uno es de tipo práctico: las condiciones de producción son tan restrictivas que el producto final sale a unos precios astronómicos. El otro es sociológico: muchos entusiastas de la alimentación ecológica son vegetarianos. La principal diferencia respecto a la producción convencional es que implica que los animales estén sueltos por el campo un tiempo determinado y se alimenten de recursos del entorno, pasto o bosque bajo. Ya he explicado antes que en la leche se produce una notable mejora en la calidad por pastar. En la carne esta mejora es más limitada. A efectos del contenido nutricional o del sabor, no hay diferencias significativas, por lo que el sobreprecio no está justificado. A pesar de que dejar los animales sueltos suena bonito, puede presentar problemas. Que el animal coma lo que pille implica una falta de control en la alimentación que luego puede tener incidencia en temas de seguridad alimentaria. Se sabe, por ejemplo, que en zonas que también se destinan a cotos de caza, el ganado aviar se come los perdigones, por lo que luego aparecen niveles de plomo superiores a los permitidos en la carne o los huevos (ecológicos). Un antecedente histórico es la madre de Abraham Lincoln, que murió envenenada con tremetol. El tremetol es una sustancia tóxica que se halla en algunas hierbas como la Prenathes alba o lechuga blanca, que se encuentra en muchas praderas de Estados Unidos. En condiciones normales la planta acumula muy poco de este compuesto, pero al ser ingerido por las vacas se concentra en la leche. Esto fue lo que ocasionó la muerte de la madre del presidente. Leche que hubiera podido obtener el certificado de producción ecológica. Huelga decir que los envenenamientos por tremetol, y más en Europa, son muy infrecuentes. No es cuestión de asustar a nadie, que para eso ya están los ecologistas. Por suerte, las condiciones para ser considerada carne ecológica permiten el uso de neveras o cámaras frigoríficas (aunque no sé que tienen de naturales), por lo que el riesgo de contaminación, salvo que el animal haya comido alguna porquería, es similar a la producción convencional. Lo de las neveras no es baladí. Los reglamentos europeos y las diferentes modificaciones y anexos que se han hecho regulan qué se puede o no hacer en la producción ecológica. Nunca me ha quedado claro por qué un invernadero o una nevera son naturales, y una maceta con agua y sales para cultivo hidropónico no.